miércoles, 4 de junio de 2014
Sobre Louie, de Louis CK
viernes, 27 de julio de 2012
Decálogo de Krzysztof Kieslowski
miércoles, 29 de febrero de 2012
Mordiendo el arcoíris
El increíble mundo de Adventure Time
“Pen, tu mente ha sido transportada en el tiempo… y a Marte!”. La frase ya parece bastante absurda de por sí, pero a eso le debemos agregar que el responsable de la misma es Abraham Lincoln, a quien Pen –quien más tarde sería rebautizado como Finn- encuentra luego de ser congelado por el Rey del hielo, un hombre más bien triste que se dedica cotidianamente a secuestrar princesas. Lincoln no aparece más, no tiene ninguna relevancia más allá de ese lapso de quince segundos, y en cierto punto revela –ya desde ese episodio piloto- la marca de fábrica de Adventure Time, una de las series animadas más interesantes y emocionantes que ha dado la televisión en los últimos años.
Un poco de historia
Pendleton Ward era prácticamente un aficionado, más vinculado al mundo de las historietas independientes, a quien se le dio una oportunidad de presentar un episodio piloto en el programa Random Cartoons, de Nickelodeon. Más allá de estar comprimidos en esos ocho minutos todo lo mejor y más característico de la serie, la posibilidad de hacer un programa semanal de aquel corto fue rechazado dos veces, lo que pareció en primera instancia cerrarle las puertas al creador norteamericano. Sin embargo, tal como se viene viendo en los últimos años, los medios virtuales se han convertido en un excelente barómetro para testeos de mercado y pronto Adventure Time devino viral en youtube, así como también en otros medios. Pendleton Ward no pasó demasiado tiempo en recibir la llamada de Cartoon Network, quienes en los últimos diez años fueron ocupando el lugar que una vez tuvo Nickelodeon, ahora más enfocado a un público más pequeño y con productos más marketineros y razonables. Como paréntesis a este último punto, cabe recordar que en un tiempo Nickelodeon fue hogar de series absurdísimas como la legendaria Ren & Stimpy –aunque atravesada por una guerra interna con su creador John Kricfalusi, quien se iría de la misma al año de salir al aire- La vida moderna de Rocco, Las aventuras de Pete y Pete, o Todo eso –una especie de Saturday Night Live para niños, en la que estaba Keanan Thompson, quien más tarde terminaría en dicho show-, programas que en cierto punto marcan las placas tectónicas sobre las que se construyó Adventure Time. Cartoon Network, por su parte, lanzó en el 2001 su filial Adult Swim, un canal de dibujos más pensado para los mayores que para los niños, responsables de una renovación e intertextualidad entre dibujos que no se veía desde mucho tiempo atrás –entre ellos los programas Misión Hill, Harvey Birdman, abogado y Acqua Teen Hunger Force –posiblemente la más libre y bizarra de todas, que incluye como protagonistas a una caja roja de papas fritas, una malteada y una albóndiga con ojos y boca.
Incluso, yéndonos un poco más atrás, podemos recordar a Liquid Television, show de animación de MTV, que incluía en su nómina proyectos que después devinieron en enormes franquicias como Beavis and Butt-Head, Aeon Flux y –la un poco más modesta- The head. Es decir, es difícil, remitiéndonos exclusivamente al nivel del absurdo, encontrar en la actualidad, una serie que realmente marque una diferencia, entonces ¿qué es lo tan interesante de Adventure Time?
Bestiario
La serie sucede en La tierra de Ooo, planeta, isla, o continente –las discusiones sobre esto en foros son bizantinas-, un mundo postapocalíptico y lleno de magia en donde Finn, un niño con gorro de conejo y hambre de aventura, comparte sus diferentes travesías con Jake, un perro capaz de adoptar un montón de formas y tamaños. La serie no sigue prácticamente ningún tipo de hilo conductor, sino que parecería regenerarse capítulo a capítulo, por más que hay personajes recurrentes, en algunos casos coprotagonistas (como el caso del Rey de hielo, la princesa Bubblegum, o la vampira adolescente Marceline). Más allá de que todos estos personajes son de por sí divertidísimos, uno de los puntos que hacen grande a Adventure Time es la inmensa fauna creada por Pendleton. En series gigantescas como Los simpsons, en cierto punto uno nota que los escenarios ocupados por masas –ya sea una reunión en el ayuntamiento, un linchamiento, o una feria de atracciones- siempre es habitado por más o menos los mismos personajes de siempre. En Adventure Time, parecería todo lo contrario, cada personaje de relleno, cada, por así decirlo “extra” que aparece en pantalla, tiene un elemento característico, completamente fascinante, que hace del show un bestiario inacabable de seres nunca antes vistos. Tenemos una cabeza flotante de lobo que actúa como una especie de deidad de las fiestas; el miedo de Finn, en la forma de un gas que sale de su ombligo; un príncipe hecho de nueces que sufre una adicción por una deficiencia de pudín en su cuerpo; un mago batracio que habla por medio de ocho larvas que no logran entonar todas al mismo tiempo, a través de una membrana gelatinosa inflada que aloja en su garganta. La lista sigue y sigue, y cada capítulo abre un poco más el abanico, siempre presentando un nuevo personaje o situación con una libertad asombrosa. Cuando a un director se le da la oportunidad de crear un mundo desde cero, casi siempre cae en versiones emperifolladas del nuestro, como el caso de
Olvidándonos de la moraleja
Retomando lo dicho anterior, el corazón de la serie está en esta libertad, en el dibujo por el dibujo en sí mismo, en una historia por el mero placer de ver a personajes envueltos en situaciones completamente inimaginadas. Este aire fresco se puede deber a dos cosas. Primero: es uno de los pocos shows que invirtió la relación escritores/dibujantes de storyboard, inclinando la balanza a favor de los segundos, lo que posibilita ese estilo más dinámico y florido, más centrado en la fascinación de la animación y los movimientos, que la trama específica. Segundo: una herencia de los juegos de rol estilo Dungeons and Dragons –influencia reconocida en entrevistas por el mismo creador-, que favorece ese mundo episódico, donde todo puede aparecer como por generación espontánea (tal como en un juego conducido por un dungeon master creativo e intrépido).
Una de las marcas del programa, siempre que la historia apunta a una moraleja final, la trama da un twist que anula todo el valor moral de la situación, como si nos hiciera entender que este programa no sirve para aprender nada, sino que está enfocado a destilar todo y quedarse sólo con lo que realmente vale la pena, es decir, las espadas, los unicornios y los ninjas de hielo (porque, a ser sinceros, ¿hay algo mejor que un ninja de hielo?). Ver Adventure Time, no sirve para recordar la infancia, más bien hace a uno pensar como un niño, cuando veíamos películas como Rambo sin entender realmente nada sobre guerra fría, afganos y soviéticos, o como cuando entrábamos a una iglesia y nos maravillaba la cantidad de sangre que corría por la frente de Cristo, desconcentrándonos del mensaje moral o religioso de tal sufrimiento.
Bracitos de goma
Adventure Time, incluso por encima de todos los programas mencionados anteriormente, retoma una herencia perdida en el tiempo, que es la de cine como espectáculo de feria, al que la gente asistía más por curiosidad que por los anhelos de toparse con un producto artístico realmente cultivador. La serie, no sólo en su ánimo, sino también en su estilo de animación, recuerda justamente a los dibujitos de Betty Boop y a gran parte de la animación de los veinte y los treinta, donde el movimiento estaba muy por encima del dibujo, algo que
Esta diferencia se ve en el target de público, que también marca una frontera extremadamente porosa. Da de lleno en los espectadores infantes, que se fascinarían por la cantidad de personajes que aparecen en escena, así como también el público adulto, pero en este último caso siendo atractivo por su mismo encanto, y no por las montañas de referencias pop que suele aplicarse como fórmula infalible hoy en día –el caso de Shreck, o Muppets, la película (que, sin embargo, reflexiona y va más allá de meramente rejuntar las referencias). Viaje de ida y sin vuelta al mundo de la infancia, o la serie fundamental para niños con Síndrome de Déficit Atencional, Adventure Time acaba de terminar en Estados Unidos su tercera temporada y promete muchísmo más para los próximos años.
viernes, 13 de enero de 2012
Black Mirror (miniserie)
Metástasis del registro
Black Mirror, Una distópica mirada sobre lo que está pasando
En los primeros cinco minutos nos enteramos que la joven y más querida princesa de Inglaterra fue secuestrada, que sus captores han diseminado en varias redes sociales –especialmente en youtube y twitter- un video con ella, atada, en pleno llanto, leyendo las peticiones de los captores, y que la exigencia del rescate no es monetaria, sino performativa: que el primer ministro sea filmado y transmitido en vivo, en cadena nacional, teniendo sexo con un cerdo. Ante tal bizarra y masiva introducción, lo primero que uno podría pensar como espectador es que le están tomando el pelo, o que está ante una serie de humor negro –cuando no un sucedáneo más zafado de Saturday Night Live o Monthy Python. Sin embargo, Black Mirror es seria, serísima, y en ninguno de los tres capítulos que conforman la miniserie, parece interesada en alegrarnos el día, hacernos reír, o darnos al menos un respiro.
Los tres capítulos que la conforman son independientes entre sí, manteniendo una continuidad más que nada conceptual, tomando en cuenta el hecho de que no sólo están interpretados por personajes diferentes, sino que también ocurren en un marco histórico diferente, casi por así decirlos en mundos separados e independientes.
Dios salve a la princesa
The National Anthem, el primer capítulo con el que comenzábamos esta nota, posiblemente sea el más redondo de la serie, partiendo de una premisa tan disparatada como la ya mencionada, pero construyendo a partir de la misma un submundo de intrigas y tribulaciones, no sólo del pobre ministro, sino también de su familia, el resto del gabinete, la prensa y los mismos espectadores (en un fresco completo, casi balzaquiano). Los productores de la serie muestran cómo, al introducir una variable absurda a una realidad aparente o plausible, se puede desmontar el sistema de espectacularidad actual en el cual estamos. Ante todo, el primer capítulo no trata sólo sobre la responsabilidad y angustia de un primer ministro acosado por un mandato inverosímil, casi como si fuese uno divino, el de la televisión, cíclope caníbal, como la encarnación definitiva del Gran Otro, sino sobre la definitiva derrota del gobierno como garante controlador de las redes sociales (asunto que cobra particular eco en la actualidad, justo ahora que se discute en el senado norteamericano el proyecto de ley SOPA –“Stop online piracy act”). En The National Anthem, ante cualquier movimiento que el gobierno inglés intenta dar, la prensa, pero específicamente esa masa amorfa de twitteros independientes diseminados a todo lo largo del mundo, se adelanta un paso, entorpeciendo cualquier procedimiento de inteligencia. Es casi como la inversión radical y pesadillesca de Wag the dog (en Latinoamérica conocida como “Mentiras que matan”, o “Escándalo en
Chiste interno
Mientras que el primer y tercer capítulos son de una estética y narrativa bien ballardiana, 15 million merits –el segundo- ocurre en un universo más orwelliano (aunque con la misma mala leche que caracteriza la serie), en donde la gente vive en prisiones de televisiones plasma, en las que no hacen otra cosa que pedalear para ganar créditos, los cuales pueden canjearlos por elementos puramente virtuales, como enviar regalos electrónicos, o decorar de algún modo su avatar –la fisionomía que adoptan en sus intercambios virtuales (y en definitiva, su único contacto social. Quince millones de créditos son los necesarios para tener una chance en un programa del estilo de American Idol, en el cual tres jurados –con personalidades bastante isomorfas a las de las insignes estrellas del reality yanqui- juzgan con total falta de misericordia a los aspirantes (ante un público extensísimo, que no aparece en el set sino como la misma materialización de esos avatars). Más allá de esto, hay un personaje que intenta quebrar esos muros que alienan no sólo su vida, sino la del mundo entero. Tras juntar los quince millones y lograr una chance en el programa, el personaje intenta hacer un violento statement en cadena nacional, colocándose un vidrio roto en la yugular y puteando completamente todo el sistema perverso que lo sostiene, sólo para, luego de un silencio atónito de los jurados, ser aplaudido por su performance, ofreciéndosele un espacio en la televisión donde podrá denunciar todo esto, una vez a la semana.
El cinismo de esta vuelta de tuerca adquiere otra dimensión cuando tenemos en cuenta que la serie (llevada a cabo por Charlie Brooker, agudo y ácido periodista político de The Guardian) esta producida por Endemol, los creadores de Gran Hermano. Ampliando el lente, sorprendería a uno encontrarse con una serie predecesora de Brooker, llamada Dead Set, que trataba nada más ni nada menos que sobre la resistencia a una invasión zombie por parte de unos participantes de Gran Hermano. El cine inglés siempre se caracterizó por su humor amargo, muy consciente de sí, y la idea de hacer un cautionary tale sobre los peligros de a qué extremos se pueden llevar los realities, utilizando como productor del mismo a la figura más representativa de los realities del mundo, recuerda un poco al chiste interno de Ricky Gervais en Extras, en donde mostraba cómo una idea original podía irse deformando hasta convertirse en algo realmente diferente de lo que se había pensado en un comienzo (hablamos de la mutilada serie que el personaje interpretado por Gervais intenta llevar al aire, serie ficticia que en realidad era una metáfora de cómo se fue transformando a The Office –en la que el cómico inglés fue protagonista y creador-, un programa fundamentalmente amargo, más allá de lo hilarante, de la vida en oficina, en ese producto mucho más amable y centrado en el romanticismo que se convirtió su versión estadounidense).
Erotización del registro
Si bien el segundo capítulo no era tan sólido y tenía algunos lugares distópicos comunes, el tercero iguala, y en algunos aspectos resulta aún más contundente que el primero. The entire history of you sucede en un futuro bastante más actual, pero en el que las personas hacen uso de una prótesis memorística conectada del cerebro a su retina, en donde pueden grabar –y reproducir, no sólo para ellos mismos, sino para otras personas- todo lo que pasa en sus vidas. Al principio, parecería que la película indagara sobre las formas de control de un gobierno capaz de poder saber a ciencia cierta todo lo que pasó en la vida consciente de alguien, pero pronto nos damos cuenta de que el verdadero foco recae sobre las relaciones humanas. ¿Cuando la capacidad de almacenar recuerdos -entiéndase por ello a absolutamente todo-, deja de ser un domeñamiento sobre las mismas limitaciones de nuestro cerebro, para convertirse en la verdadera jaula en la que nos quedamos encerrados? Lo que parece seguir este último capítulo (una especie de híbrido entre La conversación, de Francis Ford Coppola y el cuento “¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?”, de Raymond Carver), y que en cierto punto retoma lo que se empezó manteniendo en el primero, es la definitiva erotización del registro. Actualmente, con dispositivos como la nueva interfase de facebook, donde uno puede ver y recordar lo que exactamente dijo o sintió varios años atrás, parecería subvertir silenciosamente la forma en que percibimos nuestro pasado. En los viejos tiempos, al no haber un registro claro del pasado –al menos no tan claro y preciso como el actual-, uno debía construir narraciones, incluso recuerdos tapones, no necesariamente verídicos, que dieran consistencia a nuestra identidad. Cuando hay un registro que puede decir esto por nosotros, sin que debamos recurrir a nuestra capacidad natural de evocar, la relación con nuestro pasado, y con el tiempo en general, queda completamente dislocada.
Esta erotización del registro no sólo lo vemos en nuestra vida, sino también en los mismos medios televisivos, con el actual auge de programas sucedáneos de PNP, CQC, o TVR (con sus versiones uruguayas de Bendita TV, o Sonríe, te estamos mirando), que tienen su fundamental enganche libidinal con la idea de poder demostrar cómo determinada persona pública no resiste al archivo (por ejemplo, un político defendiendo una medida que después demonizaría, sin hacer mea culpa). Lo que podía parecer en un comienzo como una superficie de inscripción en la que se filtran los pecados de las figuras más jerárquicas de la población, eventualmente termina develando otro oscuro modus operandi, la idea de que no hay pasado posible, en tanto todos somos capaces de ser enfrentados frente a nuestras propias palabras. A esto debe agregársele el particular hincapié en el registro, que se hace en medios como twitter, donde prima un sistema casi bulímico de despliegue de información personal, en donde uno entra en una rueda de confesiones y verdades en la cual lo que es de uno y lo que es del otro se empieza a difuminar. La capacidad de comentarlo todo, de poder resumir cualquier cosa de la vida de uno en un ingenioso formato de ciento cuarenta caracteres, más que generar una legión de hombres super perspicaces, termina cambiando el orden de valor de cambio de la anécdota, tasándola y poniéndole un precio por encima de la experiencia concretamente vivida. Es decir, empieza a tener más valor el registro, que la experiencia en sí. Es así como, por ejemplo, en el tercer capítulo de Black Mirror, la pareja prefiere coger reproduciendo en su retina jornadas de sexo en las que rindieron mejor –ya ni siquiera la clásica imagen de pensar en otra persona, sino simplemente volver a un tiempo donde esa misma pareja tenía algo más fogoso-. Zizek en La plaga de las fantasías plantea cómo desde que comenzó a grabar películas que le gustaba en VCR, terminó viendo muchísimas menos de lo que hacía en los buenos viejos tiempos de la televisión. Plantea en esto cómo la misma noción de que los films que les gusta están siendo archivados en una biblioteca, le dan una satisfacción como si el VCR, en cierto modo, estuviera viendo las películas por él, en su lugar. “El VCR aparece acá cómo el Gran Otro, como el medio de registro simbólico” ¿No es fundamentalmente lo mismo que ocurre en la actualidad con programas como Last.fm, o las notas de Google Reader, en donde uno almacena artículos para leer después –y que en definitiva tienen su verdadero valor en tanto almacenamiento, ya que uno nunca llega a leerlos?
Algo muy similar puede decirse del primer capítulo. En la actualidad donde, tal como decía Lacan, de que todo lo que no está prohibido se vuelve obligatorio, la exigencia a la máxima visibilidad se torna un imperativo que atraviesa todos los órdenes de la vida. Este punto era bien tratado por la académica Maria St. John en un ensayo sobre la cobertura del escándalo Clinton-Lewinsky. Lo comúnmente llamado obsceno, que en una de sus acepciones etimológicas significa “lo que queda fuera de escena”, ha dejado de permanecer en el background, sino más bien formar parte fundamental del escenario, el personaje fundamental de la obra. Es en esta misma dirección que St. John lleva la bina ob-scenity/on-scenity, como una forma de plantear cómo en el tiempo actual, todo se ha “pornificado”, donde, retomando lo dicho, hay una necesidad imperiosa de registrar absolutamente todo, donde el registro justifica el hecho. The national anthem vuelve sobre cómo algo tan profano como el bestialismo se convierte en Trending Topic, donde la espectacularización, su valor de cambio, está por encima de las relaciones sociales, o mejor dicho, las reduce a eso –así como el vcr ve las películas por nosotros, nosotros terminamos viviendo a través del mismo espectáculo (sobre todo en la escena de toda la gente mirando atónitos la pantalla). Este es el punto más oscuro del espejo negro. Las redes sociales en su libre circulación, no son el agenciamiento libertario y socializador que un montón de gurús new age o cyberpunks pretenden que sea, sino un espacio donde a medida que ponemos más de nosotros mismos, o llevamos al foreground aquello que debía permanecer en el background, terminamos siendo hablados por este medio, perdiéndonos, desintegrándonos.
Lo más fundamental, lo que hace de Black Mirror un producto fundamental de su época, es la forma en que ha podido captar un sentir y una forma de existir actual, y más que nada poder comprender una tecnología como casi ninguna otra serie, o película lo ha hecho. En tiempos donde la industria cinematográfica se ha mostrado prácticamente entumecida, con pocos títulos dignos de mención y un montón de refritos y adaptaciones, las series han demostrado ser los principales caballitos de batalla, el verdadero espacio donde las cosas parecen estar siendo dichas y discutidas.