viernes, 14 de noviembre de 2014

El Cuarteto de Nos (Warner Music, 2014)

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El dilema de la cajita de cristal

Difícilmente haya en el rock nacional disputas más ideologizadas que la que rodea a las múltiples transformaciones sufridas por el Cuarteto de Nos desde la llegada de Juan Campodónico a hacerse cargo de la producción y, más que nada, a partir de la renuncia de Riki Musso, luego de la grabación del Bipolar (2009). Hay algunos antecedentes de disputas del estilo: el distanciamiento respecto de lo gótico que significó el pasaje de Los Estómagos a Buitres, las amargas y múltiples escisiones de No Te Va Gustar, las ilógicas peleas entre los fans de Plátano Macho y el Peyote Asesino. Sin embargo, el caso del Cuarteto de Nos parece cristalizar algo que va más allá de la banda y de identidades de su público, algo que toca más el aspecto longitudinal del rock nacional en los últimos veinte años: el papel de la producción y la consecuente internacionalización de la misma.

En un terreno marcado por una sorprendente profusión de proyectos solistas –muchos de los cuales, lamentablemente, suelen sonar demasiado parecidos entre sí (parece haberse puesto en boga el concepto de disco solista electrónico, como una especie de resaca bajofondista)- el intento de determinar quién tenía la posta en tal o cual sonido de la banda dispara bizantinismos, backlashes y reescrituras históricas. En este plano, la pieza de Riki Musso se convirtió para muchos de los fans de la vieja escuela en la piedra Rosetta para decodificar todo lo que pasó o dejó de pasar con la banda. En esta línea una parte considerable del –al menos para quien escribe esta nota- desmedido entusiasmo creado alrededor de Formidable! (2014) fue alimentada más por el despecho de lo que había dejado de hacer El Cuarteto y lo que seguía conservándose en el músico y productor. Una especie de búsqueda de la “esencia perdida” de la banda.

Los reclamos de la esencia de la banda siempre tienen un tufillo de egoísmo infantil. Por momentos, el sentimiento del fan, que a menudo especula con arreglos y presiones de codiciosos y desalmados sellos internacionales, parecería  abrigar el anhelo de tener al músico como la bailarina de una cajita de música que hace el mismo baile, una y otra vez, cuando se levanta la tapa. Parecería existir una necesidad que no cambien, que no los decepcionen. Sin embargo, al mismo tiempo, reclamar integridad artística a un músico parecería suponer que es siempre el mismo y que su entorno vital no cambia en absolutamente nada. En ese sentido, sería menos íntegro tener a un artista cantando sobre cosas que ya no son parte de su vida ¿Sería posible pensarse las críticas a los cambios sufridos por el Cuarteto de Nos como un comportamiento de este tipo?

En una nota periodística, Gabriel Delacoste –que suele comentar asuntos políticos, pero que inesperadamente se había dado la oportunidad de comentar algunos aspectos idiosincráticos de las letras de la banda - hizo uno de los comentarios que más se ajustan a los cambios del Cuarteto: “una banda de pop que pasó de ser rara a decir que es rara”. El comentario era atinado, en la medida en que tanto las letras como la música, que jugaban con el desparpajo, la desprolijidad adrede y la intrusión de elementos e instrumentos impensados de un tema a otro, habían dado paso a los timbres y producción mucho más homogénea del trabajo de Campodónico. Aun así, Raro (2006) nunca había dejado de ser un artefacto pulidísimo y suficientemente efectivo como para poder polinizar las exigencias de la irreverencia cuartetera y el nuevo formato que terminó colonizando mercados norteños. Ya en Bipolar como en Porfiado (2012) el rapeo de Roberto fue agarrando cada vez más protagonismo y las letras fueron dejando casi completamente atrás el tono absurdo para convertise en letras de rebeldía con ribetes existenciales bastante directas y sin muchas de las imágenes que aún rendían en canciones de Raro –aun así, seguían habiendo temas poderosos, como la ira contenida y revanchista de “Buen día Benito”-.

Habla tu espejo es lo que se suele llamar, “un disco de madurez”. Álbumes arriesgados, si los hay, que suelen hacer trapecio sin red sobre temas como ser padre, envejecer y enfrentarse a los propios demonios, intentando de driblear la sensibilería de película y la exigencia fáustica de los fans. En este sentido, Roberto Musso –a cargo de la letra y música de la casi totalidad de los temas- marca el visto sobre todos los ítems posibles: el paso del tiempo (“Como pasa el tiempo”), la paternidad (el corte de difusión “No llora”), el aprendizaje en base a tumbos (“El aprendiz”) la tensa relación de uno mismo con respecto a su propia identidad (“Habla tu espejo”), o incluso la enfermedad de Alzheimer (“21 de septiembre”).

En serio

De más está decir que el humor desapareció y prevaleció, más que nada, una versión disipada de ingenio en frases cortas. Como se venía diciendo, sería algo injusto criticar al Cuarteto sólo porque no hacen lo que solían hacer, pero aun así, incluso recortando el álbum del resto de su discografía y concentrándose en las canciones, el resultado es tremendamente irrelevante. Un poco menos rapeado que antes, con un salpicado un poco más presente de canciones melódicas, Habla tu espejo sufre de un mal que se percibe en la lírica del rap local: las letras son una repetición ad infinitum de un cierto valor, una constatación de principios que se ve reafirmada verso a verso. En el rap uruguayo generalmente estos valores suelen alternar entre ciertos vagos conceptos de izquierda (La Teja Pride en ese sentido tenía un poco más de cancha teórica, en parte debido a la formación académica de algunos de sus integrantes) entremezclados con cierto autobombo y arenga. En algún punto, quien escribe esto podría aventurarse –sin pretender dar una opinión definitiva - que el peso y expansión del freestyle ha sido en parte responsable en la mejora del flow de muchos raperos locales, pero aparejada con letras cada vez más abstractas, que en cierto punto hablan de todo y no hablan de nada, que tienen sentido en la dinámica de un duelo rapero, pero que en la frialdad del papel parecen totalmente vacuas.

El Cuarteto, naturalmente, nunca fue parte activa de ese palo, pero parece haber incorporado algo de esta dinámica. En algún aspecto, la mayoría de la canciones del cuarteto siempre funcionaron con la misma lógica del chiste “The Aristocrats”: no es el remate del chiste en sí lo que vale, si no el in crescendo de barbaridades que iban alineándose en el medio. Uno más o menos leyendo la primera estrofa –incluso cuando la letra se lanzaba a contar una historia- ya sabía cómo sería la estructura de la canción, pero aun así se podía quedar a esperar los versos llenos de ingenio e irreverencia que iban engrosando el saco. No tenía que ser necesariamente absurda la cuestión, temas más o menos lineales y sin intrusión de elementos impensables, como “Ya no sé qué hacer conmigo” seguían siendo poderosísimos en tiempos del Raro.

El gran problema de las nuevas letras de Habla tu espejo es que en el enarbolado de estos temas existenciales no hay ningún tipo de ingenio ni sorpresa. Los versos se suceden reafirmándose en sucesión, pero sin la sensación de vértigo de aquella nueva ocurrencia, aquella imagen impensable que podía precipitarse sobre el escucha. El peso de las imágenes de anteriores discos ceden lugar al peso de conceptos, y entonces la mayoría de las estrofas van del lado de “Aprendí a escuchar, gritando/ Aprendí a dudar, confiando/ Aprendí a sufrir, queriendo/ Aprendí a llegar, esperando”, en “El aprendiz”, o “Voy contemplando cómo pasa el tiempo/ al mismo tiempo rápido y lento/ mezcla de dualidad y cinismo/ miro el reloj y me dice “ahora mismo” en “Cómo pasa el tiempo”, o “Cuando el amor le duela al corazón/ y una tentación le nuble la razón/ y descubra que no existe/una persona salvadora/ la nena se hace fuerte, la nena no llora”, en “No llora”.

Un clásico problema visto en los talleres literarios es cómo, cuando uno empieza a escribir, intenta abarcar todo el espectro emocional apelando a “las palabras grandes”. Esos grandes conceptos, esas grandes metáforas que parecen querer barrer con la fuerza de los términos y no del juego que se realza entre los mismos. Por supuesto, tampoco el uso de “las palabras grandes” es un pecado mortal y muchos han podido hablar impactantemente de grandes temas sin tener que recurrir a conceptos o imágenes más intrincadas. Sin embargo, el gran problema que se percibe en este disco de madurez del Cuarteto es un extraño tufillo a material de autoayuda. Parecería que casi todos los temas persiguen una especie de autoafirmación o enseñanza de valores que se repiten una y otra vez, y el problema es que muchos de los versos que una vez fueron ingeniosos, ahora lo son, pero en formato marcalibros vendido en el Mercado de los artesanos (“Al pasado pisado, como dio Machado/ somos empecinados y peregrinos/ camiante no hay camino/ y si hay es complicado/ pero se puede, claro, ir por otro lado”).

“Whisky en Uruguay”, el único tema de Santiago Tavella aparece como un entreacto agridulce de El Cuarteto intentando hacer una especie de cover de El Cuarteto de antes, con lo que se genera una extraña sensación con respecto al todo que conforma el disco.

Con la música pasa un poco lo mismo: el aplanamiento no deja lugar a mucho, y en algunos aspectos parece, más que marcar la cancha, tomar elementos de algunos músicos que hacen aquello de manera más efectiva. Por ejemplo, “Cómo pasa el tiempo” parece un tema de la fase más electrónica de The Killers; el estribillo de “No llora” tiene mucho del cantado por Rihanna en el tema de Eminem “I love the way you lie”; los coros y sintes de “Caminando” parece sacado del estilo neodisco de Sante Les Amis y “Hielo” tiene una mezcla subterránea que parece sampleada de esa electrónica mezclada con bossa que estuvo en boga en librerías y cafés en los últimos diez años.

Nuevamente, recriminarle a El Cuarteto haber tomado un tono más íntimo y serio es algo demasiado caprichoso e injusto, considerando que cada artista íntegro tiene la libertad de ir confeccionando su música de acuerdo a sus periplos vitales. Sin embargo, el problema está, a todas luces, en el disco en sí, teniendo la única salvedad en la serísima y dolorosa “21 de septiembre”, marcada por un arreglo de piano y cuerdas muy pulcro y algunos versos muy logrados: “Y pensar que algunos años atrás/ decías con convicción/ que el olvido era una forma/ de venganza y de perdón/ que el olvido es libertad/ y afirmando esa contradicción/ te fuiste tan de a poco/ que nunca dijiste adiós”.

El espejo ya no da el mismo reflejo. Es obvio que Roberto y compañía ya no son los mismos, pero será tiempo de ver qué seguirá haciendo el Cuarteto con los añicos que quedaron.

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