
El
dilema de la cajita de cristal
Difícilmente haya en el rock nacional disputas más
ideologizadas que la que rodea a las múltiples transformaciones sufridas por el
Cuarteto de Nos desde la llegada de Juan Campodónico a hacerse cargo de la
producción y, más que nada, a partir de la renuncia de Riki Musso, luego de la
grabación del Bipolar (2009). Hay
algunos antecedentes de disputas del estilo: el distanciamiento respecto de lo
gótico que significó el pasaje de Los Estómagos a Buitres, las amargas y
múltiples escisiones de No Te Va Gustar, las ilógicas peleas entre los fans de
Plátano Macho y el Peyote Asesino. Sin embargo, el caso del Cuarteto de Nos
parece cristalizar algo que va más allá de la banda y de identidades de su
público, algo que toca más el aspecto longitudinal del rock nacional en los
últimos veinte años: el papel de la producción y la consecuente
internacionalización de la misma.
En un terreno marcado por una sorprendente profusión
de proyectos solistas –muchos de los cuales, lamentablemente, suelen sonar
demasiado parecidos entre sí (parece haberse puesto en boga el concepto de
disco solista electrónico, como una especie de resaca bajofondista)- el intento
de determinar quién tenía la posta en tal o cual sonido de la banda dispara
bizantinismos, backlashes y
reescrituras históricas. En este plano, la pieza de Riki Musso se convirtió para
muchos de los fans de la vieja escuela en la piedra Rosetta para decodificar
todo lo que pasó o dejó de pasar con la banda. En esta línea una parte considerable
del –al menos para quien escribe esta nota- desmedido entusiasmo creado
alrededor de Formidable! (2014) fue
alimentada más por el despecho de lo que había dejado de hacer El Cuarteto y lo
que seguía conservándose en el músico y productor. Una especie de búsqueda de
la “esencia perdida” de la banda.
Los reclamos de la esencia de la banda siempre
tienen un tufillo de egoísmo infantil. Por momentos, el sentimiento del fan,
que a menudo especula con arreglos y presiones de codiciosos y desalmados
sellos internacionales, parecería
abrigar el anhelo de tener al músico como la bailarina de una cajita de música
que hace el mismo baile, una y otra vez, cuando se levanta la tapa. Parecería
existir una necesidad que no cambien, que no los decepcionen. Sin embargo, al
mismo tiempo, reclamar integridad artística a un músico parecería suponer que es
siempre el mismo y que su entorno vital no cambia en absolutamente nada. En ese
sentido, sería menos íntegro tener a un artista cantando sobre cosas que ya no
son parte de su vida ¿Sería posible pensarse las críticas a los cambios
sufridos por el Cuarteto de Nos como un comportamiento de este tipo?
En una nota periodística, Gabriel Delacoste –que suele
comentar asuntos políticos, pero que inesperadamente se había dado la
oportunidad de comentar algunos aspectos idiosincráticos de las letras de la
banda - hizo uno de los comentarios que más se ajustan a los cambios del
Cuarteto: “una banda de pop que pasó de ser rara a decir que es rara”. El comentario
era atinado, en la medida en que tanto las letras como la música, que jugaban
con el desparpajo, la desprolijidad adrede y la intrusión de elementos e
instrumentos impensados de un tema a otro, habían dado paso a los timbres y
producción mucho más homogénea del trabajo de Campodónico. Aun así, Raro (2006) nunca había dejado de ser un
artefacto pulidísimo y suficientemente efectivo como para poder polinizar las
exigencias de la irreverencia cuartetera y el nuevo formato que terminó colonizando
mercados norteños. Ya en Bipolar como
en Porfiado (2012) el rapeo de
Roberto fue agarrando cada vez más protagonismo y las letras fueron dejando
casi completamente atrás el tono absurdo para convertise en letras de rebeldía
con ribetes existenciales bastante directas y sin muchas de las imágenes que
aún rendían en canciones de Raro –aun
así, seguían habiendo temas poderosos, como la ira contenida y revanchista de “Buen
día Benito”-.
Habla
tu espejo es lo que se suele llamar, “un disco de madurez”.
Álbumes arriesgados, si los hay, que suelen hacer trapecio sin red sobre temas
como ser padre, envejecer y enfrentarse a los propios demonios, intentando de driblear
la sensibilería de película y la exigencia fáustica de los fans. En este
sentido, Roberto Musso –a cargo de la letra y música de la casi totalidad de
los temas- marca el visto sobre todos los ítems posibles: el paso del tiempo (“Como
pasa el tiempo”), la paternidad (el corte de difusión “No llora”), el
aprendizaje en base a tumbos (“El aprendiz”) la tensa relación de uno mismo con
respecto a su propia identidad (“Habla tu espejo”), o incluso la enfermedad de
Alzheimer (“21 de septiembre”).
En
serio
De más está decir que el humor desapareció y
prevaleció, más que nada, una versión disipada de ingenio en frases cortas.
Como se venía diciendo, sería algo injusto criticar al Cuarteto sólo porque no
hacen lo que solían hacer, pero aun así, incluso recortando el álbum del resto
de su discografía y concentrándose en las canciones, el resultado es
tremendamente irrelevante. Un poco menos rapeado que antes, con un salpicado un
poco más presente de canciones melódicas, Habla
tu espejo sufre de un mal que se percibe en la lírica del rap local: las
letras son una repetición ad infinitum de
un cierto valor, una constatación de principios que se ve reafirmada verso a
verso. En el rap uruguayo generalmente estos valores suelen alternar entre
ciertos vagos conceptos de izquierda (La Teja Pride en ese sentido tenía un
poco más de cancha teórica, en parte debido a la formación académica de algunos
de sus integrantes) entremezclados con cierto autobombo y arenga. En algún
punto, quien escribe esto podría aventurarse –sin pretender dar una opinión
definitiva - que el peso y expansión del freestyle
ha sido en parte responsable en la mejora del flow de muchos raperos locales, pero aparejada con letras cada vez
más abstractas, que en cierto punto hablan de todo y no hablan de nada, que
tienen sentido en la dinámica de un duelo rapero, pero que en la frialdad del
papel parecen totalmente vacuas.
El Cuarteto, naturalmente, nunca fue parte activa de
ese palo, pero parece haber incorporado algo de esta dinámica. En algún aspecto,
la mayoría de la canciones del cuarteto siempre funcionaron con la misma lógica
del chiste “The Aristocrats”: no es el remate del chiste en sí lo que vale, si
no el in crescendo de barbaridades
que iban alineándose en el medio. Uno más o menos leyendo la primera estrofa –incluso
cuando la letra se lanzaba a contar una historia- ya sabía cómo sería la
estructura de la canción, pero aun así se podía quedar a esperar los versos
llenos de ingenio e irreverencia que iban engrosando el saco. No tenía que ser
necesariamente absurda la cuestión, temas más o menos lineales y sin intrusión
de elementos impensables, como “Ya no sé qué hacer conmigo” seguían siendo
poderosísimos en tiempos del Raro.
El gran problema de las nuevas letras de Habla tu espejo es que en el enarbolado de
estos temas existenciales no hay ningún tipo de ingenio ni sorpresa. Los versos
se suceden reafirmándose en sucesión, pero sin la sensación de vértigo de
aquella nueva ocurrencia, aquella imagen impensable que podía precipitarse
sobre el escucha. El peso de las imágenes de anteriores discos ceden lugar al
peso de conceptos, y entonces la mayoría de las estrofas van del lado de “Aprendí
a escuchar, gritando/ Aprendí a dudar, confiando/ Aprendí a sufrir, queriendo/
Aprendí a llegar, esperando”, en “El aprendiz”, o “Voy contemplando cómo pasa
el tiempo/ al mismo tiempo rápido y lento/ mezcla de dualidad y cinismo/ miro
el reloj y me dice “ahora mismo” en “Cómo pasa el tiempo”, o “Cuando el amor le
duela al corazón/ y una tentación le nuble la razón/ y descubra que no
existe/una persona salvadora/ la nena se hace fuerte, la nena no llora”, en “No
llora”.
Un clásico problema visto en los talleres literarios
es cómo, cuando uno empieza a escribir, intenta abarcar todo el espectro
emocional apelando a “las palabras grandes”. Esos grandes conceptos, esas
grandes metáforas que parecen querer barrer con la fuerza de los términos y no
del juego que se realza entre los mismos. Por supuesto, tampoco el uso de “las
palabras grandes” es un pecado mortal y muchos han podido hablar impactantemente
de grandes temas sin tener que recurrir a conceptos o imágenes más intrincadas.
Sin embargo, el gran problema que se percibe en este disco de madurez del
Cuarteto es un extraño tufillo a material de autoayuda. Parecería que casi
todos los temas persiguen una especie de autoafirmación o enseñanza de valores
que se repiten una y otra vez, y el problema es que muchos de los versos que
una vez fueron ingeniosos, ahora lo son, pero en formato marcalibros vendido en
el Mercado de los artesanos (“Al pasado pisado, como dio Machado/ somos
empecinados y peregrinos/ camiante no hay camino/ y si hay es complicado/ pero
se puede, claro, ir por otro lado”).
“Whisky en Uruguay”, el único tema de Santiago
Tavella aparece como un entreacto agridulce de El Cuarteto intentando hacer una
especie de cover de El Cuarteto de
antes, con lo que se genera una extraña sensación con respecto al todo que
conforma el disco.
Con la música pasa un poco lo mismo: el aplanamiento
no deja lugar a mucho, y en algunos aspectos parece, más que marcar la cancha,
tomar elementos de algunos músicos que hacen aquello de manera más efectiva.
Por ejemplo, “Cómo pasa el tiempo” parece un tema de la fase más electrónica de
The Killers; el estribillo de “No llora” tiene mucho del cantado por Rihanna en
el tema de Eminem “I love the way you lie”; los coros y sintes de “Caminando” parece
sacado del estilo neodisco de Sante Les Amis y “Hielo” tiene una mezcla
subterránea que parece sampleada de esa electrónica mezclada con bossa que
estuvo en boga en librerías y cafés en los últimos diez años.
Nuevamente, recriminarle a El Cuarteto haber tomado
un tono más íntimo y serio es algo demasiado caprichoso e injusto, considerando
que cada artista íntegro tiene la libertad de ir confeccionando su música de
acuerdo a sus periplos vitales. Sin embargo, el problema está, a todas luces,
en el disco en sí, teniendo la única salvedad en la serísima y dolorosa “21 de
septiembre”, marcada por un arreglo de piano y cuerdas muy pulcro y algunos
versos muy logrados: “Y pensar que algunos años atrás/ decías con convicción/
que el olvido era una forma/ de venganza y de perdón/ que el olvido es
libertad/ y afirmando esa contradicción/ te fuiste tan de a poco/ que nunca
dijiste adiós”.
El espejo ya no da el mismo reflejo. Es obvio que
Roberto y compañía ya no son los mismos, pero será tiempo de ver qué seguirá
haciendo el Cuarteto con los añicos que quedaron.