La muerte de la bestia
Entre tanta muerte célebre, poca fue la
repercusión –al menos en circuitos mainstream- del fallecimiento de Koji
Wakamatsu, director nipón que el pasado 17 de octubre sufriera un grave
accidente automovilístico. Poco popular por estas latitudes (posiblemente su
labor más conocida haya sido la de haber sido productor de El imperio de los sentidos –Nagisa Oshima, 1976-, una película que
marcó un antes y un después en lo referido al límite entre pornografía y cine
de autor), el reconocimiento internacional le llegó relativamente tarde,
posiblemente por el casi ineludiblemente sórdido contenido de sus films –donde las
violaciones son prácticamente uno de los grandes leit motivs-, así como también
su férreo corrimiento hacia la izquierda revolucionaria (especialmente hacia la
Rengō Sekigun, conocida mundialmente
como United Red Army). Más allá de esto, la filmografía de Koji Wakamatsu –con el
delirante monto de ciento cinco films en su haber-, lejos de ser un oscuro
ejemplo del cine exploitaition, es un
material obligatorio para cualquier cinéfilo acérrimo, o cualquiera que le
interese conocer un poco más de adentro algunas de las íntimas relaciones entre
oriente y occidente, así como también entre eros
y thanatos.
Las
enseñanzas yakuzas
Nacido en un entorno rural el primero de abril de
1936, Koji enseguida resultó ser un niño poco adaptado a su entorno
familiarista y cansino. Ya en la adolescencia escapó de su hogar, no tardando
en unirse a un clan yakuza, haciendo pequeñas labores delictivas que lo llevaron
a permanecer en prisión por varios meses. Este recorrido por el mundo yakuza
suele ser tratado a vuelo de pájaro por la mayoría de los críticos y biógrafos
de Wakamatsu, pero en este breve recorrido se produciría gran parte de la
identidad y decisiones que llevaron al director a ser lo que es.
En primera instancia, es innegable la relación originaria
entre la mafia yakuza y las películas pink-eiga
(un subgénero de cine exploitation
japonés, que suele basarse en historias violentas salpicadas por un montón de
desnudos femeninos altamente estilizados – que figura como una influencia muy
reconocible en el cine de muchos directores norteamericanos posteriores, como
el caso de Quentin Tarantino), las cuales solían ser parcialmente financiadas
por ellos y que en cierto punto le dio las primeras herramientas de filmación
al director nipón. También, las explosivas relaciones que este grupo mantenía
con la policía marcaron a fuego a Wakamatsu en lo que refiere a sus relaciones
con la autoridad, uno de los temas centrales de su obra, casi siempre marcando
un arco en el que una persona atareada por las obligaciones termina pasando al
acto en una gran explosión de violencia y crítica al sistema imperante.
Finalmente –y esto es algo que no figura en ninguna de sus biografías, pero que
quien escribe maneja como una sólida hipótesis-, la práctica de las violaciones
en los clanes yakuza no sólo eran más que comunes, sino que con el tiempo se
fueron convirtiendo en, por así decirlo, una disciplina en sí misma. Sin ir muy
lejos, los yakuzas fueron uno de los grupos responsables de haber tomado el
particular sistema de atado a enemigos confeccionado por los samuráis, para
desarrollarlo y convertirlo en la famosa práctica de bondage, hoy en día popularizada y resignificada en los grupos de
práctica BDSM. Esta práctica, así como también la estilización –ya de por sí
muy polémica- de la violencia, es un elemento que se da en una gran cantidad de
films del director japonés.
Años
dorados
Tras un corto período trabajando para la firma
Nikkatsu (con películas eróticas y sensacionalistas en donde todavía no se veía
mucho de la originalidad del director), luego de la que sería su primera
película de autor, Secretos tras los
muros (1965), el director funda su propia productora, Wakamatsu films, con
la que, durante la segunda mitad de la década de los sesenta, tendría su
período dorado en lo que refiere la relación calidad/cantidad de sus films.
Filmados con presupuestos mínimos, cercanos a los
cinco mil dólares, sus películas de los sesenta son una muestra excelsa de cómo
encontrar una voz propia dentro de un género históricamente limitado, así como
también una lección magistral del manejo de la cámara (con la participación
casi omnipresente del director de cinematografía, Hideo Ito) y experimentos de
montaje. Ya en Secretos tras los muros
se podía vislumbrar este estilo, con la superposición de material de archivo en
primeros planos velocísimos, manejo de cámara en mano poco común para la época –sobre
todo para la tradición nipona, muy afincada en el teatro kabuki-, sonidos
extradiegéticos y postsincronizados que recuerdan al cine de Godard e
intercalado de la narrativa del film con elementos del pasado y presente, así
como también irrupciones de lo onírico.
Posiblemente el primer film que marque más
notoriamente su estilo en mayor esplendor sea El embrión caza en secreto (1966), un film aparentemente sencillo
en el que el dueño de una empresa secuestra y tortura metódicamente a una de
sus empleadas, proceso que termina en la rebelión de ella y la posterior muerte
de su superior, tras repetidas puñaladas. Más allá de lo reducido de la trama,
uno empieza a notar que el film no habla tanto de la explotación sexual como la
laboral, y en una escena en específico, donde parece haber una suspensión de la
realidad, en el que la acosada parece súbitamente salir de su posición y
dirigirse a la cámara, diciendo que podría escapar del apartamento, pero todo
sería más o menos lo mismo. Un recurso similar, y duplicado en su efecto
interpelante ocurre en la que posiblemente sea la mejor película del director Go! Go! Second time virgin (1969), en
donde una adolescente, tras ser repetidamente violada en la terraza de un
edificio se dirige a la cámara, esta vez al público, para preguntarles por qué
les interesa ver eso, qué quieren de ella, sumergida ante tantas vejaciones.
Historia
del ojo
En este último caso, el discurso lleva a la superficie
uno de los asuntos primordiales del director, que es el tema de la mirada:
hasta qué punto en nuestra mirada no somos sólo testigos, sino también
cómplices de lo que está ocurriendo en cámara. Secretos tras los muros
justamente empezaba con el ojo rasgado de un joven viendo por un telescopio el
apartamento de una vecina, y se repetiría en Virgen Violenta (1969), uno de sus films más insignes y
experimentales (por momentos parecería una película filmada por Alejandro
Jodorowsky). En este último film, una pareja es secuestrada por un grupo yakuza
y obligada a cometer un sinfín de actos impuros, para terminar rebelándose y
abriéndose paso. Lo que no sabe el protagonista principal, es que toda su
situación ha sido orquestada y vista por el jefe del clan, que registra todo
con unos prismáticos y una cámara fotográfica. El final apoteósico, está
justamente atravesado por el actor que traspasa el mero escenario de la
fotografía y se venga de aquella figura de poder.
Entre las películas más recientes de Wakamatsu
podía encontrarse Caterpillar, la historia de una mujer joven que mira
horrorizada cómo su esposo vuelve de la guerra convertido en un torso sin piernas
ni brazos, agregado a una profunda quemadura en el rostro que le impide hablar.
La mujer, al principio diligente, se da cuenta de que es oportunidad de
vengarse de todo el mal que le hizo pasar su esposo, quien solía golpearla
continuamente antes de que se convirtiera en un inválido. Nuevamente, la
venganza como un plato que se come frío.
Viendo todas estas películas, uno percibe que
cuando Wakamatsu habla sobre sexo parece estar hablando de política, y cuando
se refiere a la política, no puede dejar de entrever cierta dinámica libidinal
o francamente sexual de fondo, como si fuera un ala radical del pensamiento
marcusiano llevado al film. Sea cual sea la postura del espectador (que casi
siempre lleva a uno a amar u odiar sus films), lo cierto es que se nos acaba de
ir uno de los directores más polémicos y duros que haya dado el cine.
Publicado en La diaria el 2/11/12
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