
Las
pulsaciones de un faro
En la película que registraba su stand-up comedy, Hilarious (filmada en el 2010, un poco
antes de su explosión hacia la masividad de la comedia norteamericana), Louis
CK abría el show dirigiéndose al público de la siguiente manera: “Hola a todos.
Es decir, por decir “todos” me refiero a ustedes. Es decir, a todos los que hay
acá. Realmente no debería decir “todos”, porque la mayoría de la gente no está
acá. Por una gran mayoría, la mayoría
de la gente no está acá. La mayor parte de la gente está en China, de hecho. De
hecho, eso tampoco es real, la mayor parte de la gente está muerta, ¿saben? De
toda la gente que estuvo en la tierra, casi todos están muertos. Hay mucho más
gente muerta, y todos ustedes van a morir, y luego van a estar mucho más tiempo
muertos que el que estuvieron vivos”. Ciertamente, no es la forma más festiva
para empezar un show, pero difícilmente haya un extracto que defina de forma
más precisa la ética y comedia CK’iana –por llamarle de alguna manera-,
elemento que, pese a encontrarnos con producciones propias en diversas formas y
estilos, es uno de los elementos fundamentales e incambiables de la temática
humorística del director.
Nacido en Estados Unidos, pero criado en México
hasta los seis, la base católico-irlandesa del comediante (mezclada con ese
catolicismo tan proteico mexicano) no es algo que suela aparecer en su
literalidad –de hecho, varias balas del tambor de su revólver suelen estar
reservadas para la religión- pero algo de la necesidad de ser agradecido por lo
que se tiene, la importancia del perdón y la sensación de ser algo pequeño ante
algo mucho más grande e inescrutable, marca a fuego su trabajo.
Quizás con una ética más protestante, la cimentación
de Louis CK como figura pública fue un larguísimo proceso que abarca desde 1984
(en shows de open-mic, en donde
suelen presentarse tanto principiantes como gente consolidada, un lugar de poco
dinero pero de mucha legitimación de parte de los fanáticos de base más fiel
del stand-up) hasta la fecha, incluyendo entre medio escrituras para late-shows y otros programas de televisión,
también abriendo para comediantes de la talla de Jerry Seinfeld y dirigiendo un
programa de televisión de culto (Lucky
Louie) que fue cancelado por HBO en su primera temporada.
Comienzos
ásperos
Este largo proceso (en el que durante sus arduos comienzos
Louis tuvo que sostenerse en diversos laburos como mecánico, limpiador de piscinas
o cajero en el Kentucky Fried Chicken) terminó por dar sus frutos en Louie, una
serie lanzada por el canal FX en el año 2010, que ha tenido un crecimiento
sostenido hasta su tercera temporada, en la que su éxito trascendió al de la
crítica (ganando premios como “Mejor guión” en el Writers Guild of America
Awards del 2013 y los Emmy’s del 202), también teniendo un gran impacto en
audiencia. Con la cuarta temporada recién estrenada , es una buena oportunidad
para repasar por qué este programa no es parecido a nada, no sólo remitiéndonos
a la televisión actual, sino en la cultura en general.
Antes de ahondar en Louie deberíamos ir a sus raíces, Lucky Louie, aquella sitcom
actuada y dirigida por el comediante, que fue misteriosamente dada de baja a un
año de su estreno (algo a lo que no sólo no ameritaba los ratings de público
–que no eran malos-, sino que iba en contra del estilo de producción jugado y
respetuoso por el que es conocido HBO). En su formato, Lucky Louie no era más
que otra sitcom del montón, con un
escenario super estático, personajes con frases y personalidades super
delineadas y una audiencia en vivo que reía y aplaudía como en casi todos los
programas de aquella época. El centro de la temática también era conocido: las
complejidades de la vida en pareja, junto a otros temas vinculados a la batalla
de los sexos, la paternidad, la amistad y el trabajo. Sin embargo, cuando vemos
Lucky Louie todas estas premisas se
transforman radicalmente por el tono, en donde todo lo que puede ser definido
como un lugar común y seguro se transforma, para interpelarnos de una manera
tremendamente incómoda. En primera instancia, Lucky Louie interpelaba a la identidad de clase de series que, aun
tomando el marco de familias de clase trabajadora, lo económico nunca era
presentado más que como un mero obstáculo a un bienestar mayor. En Lucky Louie lo económico pasaba de ser
fondo a figura y toda la vida familiar era mucho más precaria a la comúnmente
retratada en esas comedias de suburbios, o de la zona cool de Los Angeles, o Nueva York. Era una serie sobre el desamor y
la destrucción de los sueños, pero que al mismo tiempo zafaba de la tentación
de ennoblecer al trabajador por su sacrificio, su folklore, o su sencillez. En Lucky Louie casi todos los personajes
–incluso la hija de la familia- eran abyectos, pero había breves instantes de
humanidad en los que la pelota llegaba al ras del piso y entendían –y
entendíamos- que debía existir una especie de contrato de convivencia para
hacer todo mucho más soportable. En esa misma línea, la estética del set era
harto deprimente, con paredes color ocre que parecían estar descascarándose y
un vestuario con el que parecía como si todos los personajes se arreglasen con
lo último del ropero. Con un penúltimo capítulo en que Pamela Adlon y Louie se
separaban, descubriendo cómo se odiaban en el fondo, pero a la vez, cómo ese
odio sostenido y, de alguna manera, solidario, era un vínculo irrompible que
los unía más que el amor, en la aparente convencionalidad del formato uno
percibía una sensación cruzada, de ser iluminado en la misma medida en que
quedaba despistado, de la misma forma en
que se reía durante todo el programa, pero sin evitar poder sentirse deprimido
una vez que acababa.
Dinamitando
los mitos
En su corteza temática Louie sería como una secuela discontinuada de su predecesora. En
ella vemos a Louie, ya no como
mecánico (o lo que fuera aquel trabajo que nunca se llegaba a explicitar del
todo), sino como un comediante de mitad de tabla que intenta sobrellevar su
vida artística junto a la crianza de sus dos hijas como padre divorciado.
Siendo un comediante que ahonda bastante en el intrincado y contradictorio
universo de la paternidad, gran parte de los chistes que aparecían tanto en sus
stand-up, como en su anterior serie,
marcan presencia en la serie, pero con un ligero cambio de licencias en el que
lo vemos mucho más solo, brindado a su libertad y su responsabilidad.
Quizás el primer aspecto notorio que notamos en la
serie es el estilo cinemático adoptado, radicalmente diferente a la mayoría de
los proyectos adoptados por personajes de formación en el stand up. Con un trabajo que abarca actuación, escritura y
dirección (libertad completa en la producción otorgada por FX a cambio de un
presupuesto mucho más acotado que la media de los programas), algunos capítulos
funcionan perfectamente como cortometrajes cerrados en sí mismos, con un estilo
que puede adoptar tanto un formato documental, de cámara sobre el hombro, como
algo plenamente cinemático, con planos secuencias, o ediciones veloces y
frenéticas. En sí mismo, cuando uno ve Louie, lo primero que llama la atención
es esa prestancia con la que se saltan ciertas convenciones en beneficio del
efecto o la trama. Ejemplo de esto es la discontinuidad accesoria de ciertos
personajes (los hermanos, o hermanas de Louie tienden a aparecer, desaparecer,
o intercambiarse a gusto del director, sin una explicación convencionalmente
narrativa sobre estas decisiones) en pos de un interés del director que va más
allá de la verosimilitud (en una entrevista se le preguntaba a Louis CK por qué
había optado por una mujer negra como ex esposa y madre de sus hijas
–completamente rubias- y el comediante dijo “necesitaba una antigua pareja que
le exigiera al protagonista trabajar, y qué mejor mujer para ese papel que una
mujer negra”).
Exactamente, en la forma en que se cuenta el día a
día de Louie parecería que se recortara todo para dejar lo esencial, y en este
mismo punto también entra el mismo personaje. Es raro ver en una serie creada
por un comediante stand-up que su rol
se autolimite de una manera tal que casi no tenga momentos de perspicacia.
Diferente a lo que se suele ver (con una lista de intérpretes que van de
Richard Pryor a Jerry Seinfeld, pasando por Eddie Murphy, Chris Rock, Dave
Chapelle y Robin Williams), Louis CK interpreta a ese personaje que asume en
sus historias, pero despojado del ingenio del comentario añadido. Cuando uno
observaba stand-ups como Hilarious o Live at the Bacon Theatre, uno se preguntaba cómo debía ser aquella
vida tan desgraciada y autoflagelante que planteaba CK y justamente lo que
vemos en pantalla es la vida de ese personaje. En esa dinámica, combinándose
las convencionales intros del comediante en breves minutos de stand up y la historia en sí, se
generaba una esquicia en la que, en un momento, parecíamos ver dos mundos
paralelos, uno dentro y otro fuera de la ficción, pero que capítulo a capítulo
se iban complementando mutuamente, mostrando de una forma radical cómo no había
una partición del personaje, sino cómo el mismo era uno y otro fuera y dentro
del escenario. En un pequeño, pero brillante extracto de un capítulo de la
primera temporada vemos cómo una presentación en vivo suya se ve afectada por
una chica del público que parece comentar cada ocurrencia suya, tras la cual,
detrás del mismo micrófono, parece atacarla violentamente. La chica lo espera a
la salida, mientras habla con algunos colegas comediantes y lo increpa y él
dice algo así como “vos posiblemente seas exitosa y venís acá y pensás que se
trata de vos, pero todos nosotros tenemos una vida espantosa, estos son
nuestros diez minutos de la semana en
los que nos sentimos vivos y vos, haciendo esos comentarios, nos los arruinás”.
Es curioso, pero difícilmente se haya registrado un retrato dan descarnado y
humano de esa realidad esquizoide del comediante –sobre todo el comediante de
mitad de tabla -, su obra y su vida.
En esa misma crítica que se le hacía a aquella mujer
de la audiencia, se ve el centro gravitacional de la ética de Louis CK: un
ataque despiadado a la noción de autoimportancia del norteamericano/consumidor
del capitalismo tardío. Era algo que ya se criticaba en varios stand-ups, por
ejemplo el caso de un comensal al que un mozo se le cae un plato de sopa encima
y dice “¿cuál es el significado de esto?”, como si la mera noción de cliente
generara una especie de aura protectora e infranqueable que lo mantuviera
alejado de toda posible intrusión de la aleatoriedad y el caos. “Somos poco
importantes, todo es pasajero”, parecería decir Louis, y aún lejos de ser un
discurso novedoso –en algún aspecto, no es más que un aggiornamiento de la responsabilidad
pregonada por algunos valores existencialistas-, difícilmente se haya visto un
programa en donde estos valores se presenten tan “en tu cara”, interpelando no
sólo al protagonista, sino al mismo espectador.
A
luz y sombra
Ese proceso de lento pero constante aserramiento del
mundo de referencia del hombre medio (dinamitando desde dentro mitos sobre el
amor, la equidad, lo la paternidad) se complementa con un estilo que parece
incomodarnos a todo momento, desacomodánonos como espectadores. Louie es como
un toro bizco, al cual el torero nunca sabe para dónde va a dirigir su cornada.
Hay capítulos que son prácticamente una sucesión de gags y hay otros en los que
prácticamente se despoja de cualquier momento cómico (entre ellos, uno de los
primeros y más famosos es un capítulo sobre la relación de Louie niño y la
religión, en donde el tono es tremendamente serio y testimonial, con una
reinterpretación escalofriante de la crucifixión a manos de un experto
forense). Así también, uno puede interpretar equívocamente la serie como un
producto misántropo y ahí donde espera el golpe recibe una caricia. Un ejemplo
de ello era el arranque de la segunda temporada, en la que viene una hermana
embarazada a quedarse en su casa y súbitamente entra en labor de parto, con
Louie sin saber qué hacer ni a quién recurrir. En un entorno donde todo parece
reaccionar de una forma cuasi alérgica a la gente, entran al socorro de Louie
una pareja de vecinos gays y uno espera algún elemento comédico, algo que se
instale como una situación bizarra entre él y los dos tipos, pero el capítulo sigue
y lo que uno termina obteniendo no es más que pura comprensión, un grupo de
personas ayudando a otras cuando lo necesitan. Viendo escenas como aquellas, en
un formato televisivo que nos enseña a esperar el cinismo como primer plato,
esos pequeños trazos de humanidad se convierten en lo auténticamente rupturista
y revolucionario, una especie de vuelta a viejos valores que curiosamente no
queda demodé, sino todo lo contrario.
Louie,
casi como ningún otro programa de comedia que haya existido, plantea esa
dualidad de la vida humana: un mundo lleno de belleza y fealdad, dolor y
felicidad, egoismo y compañerismo. En dos ejemplos involucrados con el violín
en la tercera temporada se puede ver esto. En un capítulo, Louie, machacado por
ciertos traspiés emocionales y existenciales de los segmentos anteriores, ve a
un violinista tocar una experta y sentidísima composición en un metro. Detrás
suyo, esa epifanía convive con un bichicome que se lava el cuerpo con fruición,
echándose encima una mezcla de jabón en una botellita de medio litro. Al mismo
tiempo, varios capítulos después, un segmento empieza con un plano fijo
extasiado de su hija tocando con el violín de manera curiosamente virtuosa otra
canción y la composición es interrumpida por Louie, que le saca su instrumento
y la manda a hacer los deberes. A uno le choca ver a ese personaje
incomprendido de golpe siendo él mismo reproductor de ese mismo mundo de
incomprensión, pero uno se pone a pensar y se da cuenta de que, justamente, no
es el horario de su hija para practicar su instrumento, y que es necesario que también
haga sus deberes. Así, los personajes que abundan en Louie –hasta el mismo protagonista- son presentados desde sus luces
y sombras, con sus pequeñas glorias y sus pequeños fracasos, pero siempre
tratando de comprenderlos, sin convertirlos en meros objetos de burlas. Puede
ser el caso de esos pequeños momentos de felicidad entre unos soldados
estadounidenses en Afganistán, un padre golpeador que al final del capítulo se
pone a hablar con Louie de sus frustraciones, o una mujer que se siente atraída
hacia él, pero que deja de estarlo cuando él mismo realiza un acto de
compromiso civil, al no animarse a agarrarse a las piñas con un chico más
joven. Incluso, en un famosísimo capítulo Louis CK tiene que juntarse con Dane
Cook para ver si le puede dar entradas gratis para Lady Gaga, a modo de regalo
a su hija. La invitación de comediantes epigonales a la serie no es nada fuera
de lo común (hacen de sí mismos, como el caso de Sarah Silverman), pero en el
mismo capítulo hay una sensación incómoda por una acusación vieja, en la que se
aducía que Dane había robado chistes de Louis (que hasta aquel momento, en la
vida real, era uno de los principales elementos que solían citarse al hablarse
de la relación de los dos personajes). Es ahí que en el mismo marco ficticio de
la serie, los dos protagonistas hacen las paces, tanto en el marco diegético
como extradiegético, mostrándonos cómo, más que ser dos contendientes, son dos
personas incómodas por dicha disputa.
Uno ve Louie
y se da cuenta –o nos lo recuerda- que la vida es mucho más compleja, que hay
belleza donde hay tristeza y que lo más lindo en el mundo –como puede ser
padre- también está lleno de cosas jodidísimas, como el mero hecho de querer
matarlos de vez en cuando (específicamente, es grandiosa una escena en la que
la amiga de Louie le confiesa, en un
juego del estilo verdad consecuencia, que por más que lo ame, a veces quiere
pegarle a su hijo, pero no en el marco de alguna cagada o molestia que este le
causa, sino en momentos de verdadero aburrimiento). Louie es un extraño brazo de una moralidad profundamente humanista
perdida, algo que quizás retoma la posta de los dramas de Woody Allen, antes de
que el director se dedicara a repetirse a sí mismo en comedias y dramas
turísticos. Louie, en definitiva, es
un espacio tanto ético como moral, activo y efectivo en un mundo donde una
premisa como esa parecía completamente imposible.