
Una clase de dignidad
Un milagro en miniatura. El año que viene, cuando vuelva a verla en el cable o en un dvd alquilado en la comodidad de mi casa, podré saldar cuentas y decir que quizás cada tanto se me va la mano con los calificativos, pero a pocas horas de ver La pivellina, parece que cualquier análisis o lectura de la película es un laberíntico camino que conduce a lo grandiosa que es. Y es curioso utilizar adjetivos como éstos, justamente por el perfil austero, poco vueltero y reducido del film. Porque si nos preguntan de qué trata la obra, básicamente no podríamos decir otra cosa que “una señora se encuentra a una niña abandonada y se queda con ella esperando a que la madre eventualmente le vuelva a buscar”. Entre ese encuentro y el hipotético retorno se traza un puente cotidiano, en el que la pequeña Asia de dos años (Asia Crippa, cuya actuación va más allá de lo que se puede decir de “natural”, porque realmente parece ser a cada segundo, ella misma, sin una noción clara de lo que es una cámara) va desarrollando su temprano vínculo con Patti (Patricia Gerardi), Tairo (Tairo Caroli) y Walter (Walter Saabel), quienes no tardan de encariñarse –cada uno a su tiempo- con “la pivellina”.
Si les llama la atención la no alteración de los nombres de los personajes, pueden ir tomando cuenta de parte del estilo cinematográfico de Tizza Covi y Rainer Frimmel, dos directores salidos del seno del cine documental, más que del de la ficción. Y es que la película fue filmada casi exclusivamente por ellos dos (en una reciente entrevista que le realizó Clarín, los directores señalaban que Frimmel suele estar detrás de la cámara y Covi controlando el sonido, y no mucho más, al momento de filmar), siendo co-creada con ocurrencias e improvisaciones de los mismos personajes/personas retratados. Especialmente complicado es trabajar con una niña de dos años, intentando que sea ella misma, pero al mismo tiempo un personaje, sin caer en la tentación de convertirla en esos aterrorizantes niños amaestrados de avisos de pañales. Cuando Asia ríe es que realmente encontró algo que le hace gracia, y cuando llora, bueno, posiblemente también sea por una buena razón (una razón a su medida). Al mismo tiempo, Patti y Walter llevan a pantalla su real ocupación como animadores de circo ambulantes (retratado de una forma radicalmente distinta a lo que podríamos esperar del voluptuoso universo circense de un Fellini), generalmente montando shows para un público que, por momentos, parece se limitara a ellos mismos. Dando este último dato, por momentos parecería la exposición de una realidad decadente rayana en lo deprimente, pero ahí es donde entra la fineza del lente de Covi/Frimmel, dotando todo de un naturalismo que nunca busca una particular complicidad con el espectador, ya sea en el enaltecimiento de cierto estoicismo de clase, o el triste camino del voluntarismo. La, en primera instancia gris y deprimente periferia romana, con sus casas remolques y ese perpetuo cielo encapotado (contrastando con el rojo del cabello de la protagonista), se convierte, sin alterar un ápice del entorno, en un mundo por momentos fantástico, lleno de pasadizos, laberintos y cuevas (como la escena en que Patti va a visitar la original casa de un hombre que vive a orillas de un arroyo, o cuando Tairo y su amigo deambulan por el pozo de construcción de un futuro complejo de viviendas). La comparación es harto inadecuada, pero en el mismo menoscabo que Harmony Korine encuentra un vehículo poético para retratar una sociedad sobreviviente o próxima a un Apocalipsis (estoy pensando, fundamentalmente, en Gummo), Covi/Frimmel lo convierten en un universo mágico, lleno de personajes de circo sin maquillaje, donde uno de los omnipresentes charcos que pueblan el extrarradio, se convierte, con la inclusión de unas botas de lluvia un sinfín de posibilidades.
Lo sorprendente de La pivellina es que desmonta la maquinaria imaginaria de de uno, mostrándole -si se tiene suficiente atención a sus propios afectos durante el transcurso del film- cuán ideológicamente contaminados son sus augurios y expectativas como espectador. A cada momento uno espera una catástrofe, conflicto, o una situación que los coloque a los personajes en su lugar de pobres, para intentar hacerlos hablar sobre su condición. La mayoría de las clases sociales se han parcialmente emancipado de un discurso que hablen por ellas en los films (incluso, muchas películas actuales se pueden tomar con total naturalidad algo tan inusual como la obscena riqueza de alguien), pero esta no suele ser la suerte de las clases pobres. Toda película centrada en personajes de clase pobre o trabajadora suele utilizarlos como puentes mediúmnicos hacia una denuncia social, la demonización, la caricatura, o el rescate de una austeridad expurgadora. La pivellina habla por sí sola, y si pudiéramos señalar un valor o emoción que trasmiten los personajes sería “dignidad”. No esa dignidad sacrificial, crística, que tanto les gustan citar a los curas y políticos, sino una dignidad cotidiana, natural, inconsciente. Personas que sólo necesitan cinco cuchillos, dos cabras y un poco de pintura roja en la nariz para montar un circo.
El momento más claro de esto llega en las instrucciones de boxeo que le da Walter a Tairo para defenderse de sus compañeros de liceo. En una misma enseñanza articula la ética de no golpear a un caído, la previsión de mantener con respecto al oponente un brazo de distancia, la libertad de enojarse y atacar a cualquiera que lo ofenda y la viveza criolla de despistarlo haciéndole creer que tiene otro detrás. En otras palabras, una guía de supervivencia. Una supervivencia múltiple que espeja la misma naturaleza del film: una película que es optimista sin ser ingenua y que es austera sin ser áspera, manteniendo equilibrio entre estos términos con la dignidad y elegancia de un trapecista de circo.
Publicado en La diaria en setiembre de 2010