Los dioses blancos
Si en los noventa, el cine más sintomáticamente
xenófobo y racista había corrido por parte de los policiales, en la actualidad
biempensante y políticamente correcta del nuevo milenio, ese papel lo han
ocupado las comedias rosa, generalmente enmarcadas en relecturas históricas y parábolas
de autoayuda. Al menos en películas donde las personas de raza o etnias
diferentes a la caucásica eran villanos uno podía identificarse con el
antihéroe o, al menos, encontrar en dicho personaje algún tipo de fuerza y
valor específica. El papel de las nuevas comedias de “sopa para el alma”
–generalmente encaradas a un público adulto, pasando los cuarenta,
autopercibido como “cultivado” - dejan a estos personajes en un nivel de
condescendencia en donde ya ni siquiera se puede ofrecer una identificación
alternativa.
No es que sea algo particularmente nuevo, en la
historia del cine ha proliferado una multitud de Tíos Tom (en referencia a la
novela de Harriet Beecher Stowe), personajes serviciales cuya subjetividad
prácticamente esta disuelta, a no ser para asistir al camino o búsqueda del
protagonista blanco (léase el concepto de “Magical Negro”, que acuñó Spike
Lee). En sólo cuestión de un año puede verse este nivel de estereotipia en
películas exitosas e incluso aclamadas por la crítica como Comer, rezar, amar (Ryan Murphy, 2010), Historias cruzadas (Tate Taylor, 2011), o Las mujeres del sexto piso (Philippe LeGuay, 2012). Sin embargo,
todas estas palidecen en su nivel de clichés culturales al lado de El exótico hotel Marigold (John Madden,
2011).
John Madden, más conocido por Shakespeare apasionado (posiblemente la ganadora del Oscar a mejor
película más intrascendente de los últimos veinte años) y La mandolina del Capitán Corelli, esta vez viaja a Bangalore, India,
para emplazar la historia de siete personas adultas –algunas de ellas bordeando
la ancianidad- que por diferentes razones se trasladan a un centro de reposo en
donde se redescubrirán a sí mismos.
La estrategia es lógica en lo que refiere a
conjugar a un montón de actores de primera clase, esperando que por su sola
presencia logren reflotar un film bastante falto de ideas. Aunque el reparto
parezca en una primera instancia, meramente funcional a la trama, uno comienza
a percibir en cada uno de los siete protagonistas un sistema de pesos y medidas
morales que intentan hacer pasar a El
exótico hotel Marigold como una película progre, cuando en realidad es justamente
lo opuesto. La amarga Muriel (Maggie Smith) sirve para decantar el racismo
inherente del film y condensarlo todo en su persona (con esto, Madden pretende
localizar en un punto específico sus aspectos ideológicos problemáticos y hacer
saldar a través de su progresivo cambio de opiniones esta cuota racista específica).
El entusiasta Douglas (Bill Nighy) parece también hacer contraparte en este
aspecto, frente a su esposa Jean (Penelope Wilton), un personaje tan odioso que
tendría que haber sido arrojado al Ganges ni bien entrado el film. Graham (Tony
Wilkinson), contrariamente, vehiculiza esa revisión National Geographic de
India desde “sus colores, sus sonrisas, sus sonidos”, al tiempo que Evelyn
(Judy Dench), en sus entradas de blog leídas como voiceover parecería ir relatando, escena a escena, las metáforas y
moralejas que se van sucediendo en el film (no sea cosa que los espectadores
pensemos algo diferente). Ronald y Madge intentan dar un tono más picante a la
película, como si cada una de sus incursiones fuese una especie de minicapítulo
de Sex and The City, sólo que ambientados en la tercera edad.
Todas estas historias vitales se entremezclan con la
realidad del desvencijado hotel que da nombre a la película, lugar ancestral
que el joven indio Sonny (vástago del antiguo dueño del lugar) parece intentar
reflotar, pese a sus torpezas y las presiones de su madre aristocrática (al
parecer, el único rol de las madres indias es presionar a sus hijos para que se
casen en matrimonios arreglados). Es en este punto donde se vuelve más evidente
la cara moral de una película en donde los británicos se muestran como dioses
blancos que logran ordenar y dar forma a los locos sueños de los indios, seres
simpáticos, aunque incivilizados (y que teje evidentes relaciones entre las
multinacionales y los intentos de modernización de dicho país). Evelyn humaniza
a los robóticos telemarketers indios (se señalaría de fondo, que esta poca
plasticidad no es por algo inherente al desalmado sistema de ventas, sino más
bien a una incapacidad de los indios de comprender la “calidez” y sutilezas de
los británicos) y Muriel se convierte en la responsable de administrar un hotel
que no puede ser comandado por un entusiasta, aunque medio estúpido y
atolondrado chico de la India.
Lo que revela El
exótico hotel Marigold es justamente lo contrario a su propuesta: un tipo
de turismo y un tipo de dinámica espectatorial que sirve para reafirmar los
valores culturales del viajante, más que conocer y empaparse de los del otro
país.
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