martes, 4 de septiembre de 2012

El exótico hotel Marigold (John Madden, 2011)



Los dioses blancos

Si en los noventa, el cine más sintomáticamente xenófobo y racista había corrido por parte de los policiales, en la actualidad biempensante y políticamente correcta del nuevo milenio, ese papel lo han ocupado las comedias rosa, generalmente enmarcadas en relecturas históricas y parábolas de autoayuda. Al menos en películas donde las personas de raza o etnias diferentes a la caucásica eran villanos uno podía identificarse con el antihéroe o, al menos, encontrar en dicho personaje algún tipo de fuerza y valor específica. El papel de las nuevas comedias de “sopa para el alma” –generalmente encaradas a un público adulto, pasando los cuarenta, autopercibido como “cultivado” - dejan a estos personajes en un nivel de condescendencia en donde ya ni siquiera se puede ofrecer una identificación alternativa.

No es que sea algo particularmente nuevo, en la historia del cine ha proliferado una multitud de Tíos Tom (en referencia a la novela de Harriet Beecher Stowe), personajes serviciales cuya subjetividad prácticamente esta disuelta, a no ser para asistir al camino o búsqueda del protagonista blanco (léase el concepto de “Magical Negro”, que acuñó Spike Lee). En sólo cuestión de un año puede verse este nivel de estereotipia en películas exitosas e incluso aclamadas por la crítica como Comer, rezar, amar (Ryan Murphy, 2010), Historias cruzadas (Tate Taylor, 2011), o Las mujeres del sexto piso (Philippe LeGuay, 2012). Sin embargo, todas estas palidecen en su nivel de clichés culturales al lado de El exótico hotel Marigold (John Madden, 2011).

John Madden, más conocido por Shakespeare apasionado (posiblemente la ganadora del Oscar a mejor película más intrascendente de los últimos veinte años) y La mandolina del Capitán Corelli, esta vez viaja a Bangalore, India, para emplazar la historia de siete personas adultas –algunas de ellas bordeando la ancianidad- que por diferentes razones se trasladan a un centro de reposo en donde se redescubrirán a sí mismos.

La estrategia es lógica en lo que refiere a conjugar a un montón de actores de primera clase, esperando que por su sola presencia logren reflotar un film bastante falto de ideas. Aunque el reparto parezca en una primera instancia, meramente funcional a la trama, uno comienza a percibir en cada uno de los siete protagonistas un sistema de pesos y medidas morales que intentan hacer pasar a El exótico hotel Marigold como una película progre, cuando en realidad es justamente lo opuesto. La amarga Muriel (Maggie Smith) sirve para decantar el racismo inherente del film y condensarlo todo en su persona (con esto, Madden pretende localizar en un punto específico sus aspectos ideológicos problemáticos y hacer saldar a través de su progresivo cambio de opiniones esta cuota racista específica). El entusiasta Douglas (Bill Nighy) parece también hacer contraparte en este aspecto, frente a su esposa Jean (Penelope Wilton), un personaje tan odioso que tendría que haber sido arrojado al Ganges ni bien entrado el film. Graham (Tony Wilkinson), contrariamente, vehiculiza esa revisión National Geographic de India desde “sus colores, sus sonrisas, sus sonidos”, al tiempo que Evelyn (Judy Dench), en sus entradas de blog leídas como voiceover parecería ir relatando, escena a escena, las metáforas y moralejas que se van sucediendo en el film (no sea cosa que los espectadores pensemos algo diferente). Ronald y Madge intentan dar un tono más picante a la película, como si cada una de sus incursiones fuese una especie de minicapítulo de Sex and The City, sólo que ambientados en la tercera edad.

Todas estas historias vitales se entremezclan con la realidad del desvencijado hotel que da nombre a la película, lugar ancestral que el joven indio Sonny (vástago del antiguo dueño del lugar) parece intentar reflotar, pese a sus torpezas y las presiones de su madre aristocrática (al parecer, el único rol de las madres indias es presionar a sus hijos para que se casen en matrimonios arreglados). Es en este punto donde se vuelve más evidente la cara moral de una película en donde los británicos se muestran como dioses blancos que logran ordenar y dar forma a los locos sueños de los indios, seres simpáticos, aunque incivilizados (y que teje evidentes relaciones entre las multinacionales y los intentos de modernización de dicho país). Evelyn humaniza a los robóticos telemarketers indios (se señalaría de fondo, que esta poca plasticidad no es por algo inherente al desalmado sistema de ventas, sino más bien a una incapacidad de los indios de comprender la “calidez” y sutilezas de los británicos) y Muriel se convierte en la responsable de administrar un hotel que no puede ser comandado por un entusiasta, aunque medio estúpido y atolondrado chico de la India.
Lo que revela El exótico hotel Marigold es justamente lo contrario a su propuesta: un tipo de turismo y un tipo de dinámica espectatorial que sirve para reafirmar los valores culturales del viajante, más que conocer y empaparse de los del otro país.

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