viernes, 27 de julio de 2012

Acorazado (Alvaro Curiel, 2010)




El sueño mexicano

La propuesta la ópera prima de Alvaro Curiel es ingeniosa: Siverio Palacios (reconocido comediante mexicano que no se cambia el nombre a la hora de protagonizar este film) es un sindicalista veracruzano, parado ya desde tiempos inmemoriales, que, secundado por sus amigos, se le ocurre lanzarse al Mar Caribe e intentar llegar a las costas de Miami, haciéndose pasar un perseguido político del régimen castrista. La idea de su amigo Alacrán, está sostenida en el hecho de que, a diferencia de los mexicanos que intentan llegar a Arizona cruzando a pie la frontera (duramente custodiada por “la migra” y sus perros), el gobierno norteamericano, fruto de una contienda propagandística que se continúa desde los principios del régimen, tiende a ser mucho más benevolente con los balseros cubanos. El único problema es que la balsa no atraca en Estados Unidos, sino en Cuba, yendo Siverio directamente a parar a un cuartel de policía. La condición buscavida del mexicano le da una ocurrencia que le permite seguir a salvo: únicamente cambiando los sujetos del discurso que venía preparando, afirma haberse armado una balsa para escaparse de las “fauces del sistema capitalista mexicano”. Aprovechando la oportunidad, el gobierno cubano aprovecha la joyita y utiliza a Silverio como ejemplo de la supervivencia de las ideas comunistas.
En ese cambio de escenarios también se nota un cambio de tónica y de estilo. La fotografía de Germán Lammers realza, tanto en los tonos grises que rodean la realizad veracruzana, como en el colorido y ocre escenario cubano, una estética ruinosa que, sin embargo, tiene un tratamiento completamente diferente en uno y otro caso. Todo lo cubano resulta pintoresco (por algunos momentos incluso logrando salir del escenario de postal en el que caen la mayoría de las películas rodadas en La Habana), mientras que lo mexicano es sencillamente pobre, y cuando es colordio, grotesco. Justamente en este último término puede señalarse la principal característica del tratamiento humorístico del film. En la primera parte, antes de emprender viaje, Alvaro Curiel parece tomarse más licencias con el humor, siendo más juguetón con algunos recursos (como la recreación de la Via Crucis, o las escenas del documental de ballenas mientras Palacios tiene sexo con su gigantesca esposa), pero al mismo tiempo mucho más evidente y exagerado (el mismo ejemplo de la escena de sexo puede servir para ilustrar esto, en aquel utilizar una referencia demasiado en bandeja, considerando el hecho de que pocos minutos atrás, sus amigos de huelga se habían referido a su familia como un conjunto de cetáceos). Bastante diferente es el estilo cuando pisa suelo cubano, donde los recursos cómicos desplegados son mucho más morosos, al igual que la crítica solapada que se le hace al régimen castrista.
En este sentido, el film está lejos de ser una obra de propaganda anticastrista. Curiel se encarga, además de retratar, de forma un poco discursiva de más, ciertas realidades del gobierno cubano (la escena en que le pregunta a una persona a cuanto está la moneda y esta le responde con dos criterios completamente diferentes entre lo oficial y lo real), siempre dispensa un tratamiento muchísimo más digno en lo que refiere a los personajes cubanos, completamente diferente a los mexicanos, a los que retrata de una manera muchísimo más dura (casi equivaldría la comparación entre un retrato naturalista y otro colorinche, filmado con gran angular). La película, casi por el contrario, en todo momento parece no estar hablando tanto de cuba como de la identidad cultural mexicana.
En determinado momento, un cubano le dice al mexicano “ustedes confunden tener una cultura rica con ser cultos”. Aquí, México, más que un país, es la misma lancha a la deriva que se arma Siverio, librada a las corrientes o su mejor postor, donde la izquierda y la derecha sólo sirve a la hora de ponerla en espejo con su vecino del norte (tanto los discursos sindicalistas de Silverio –que sólo son correspondidos con limosnas por los turistas “güeros”-, como las esperanzas capitalistas -puestas únicamente en juego con cumplir el sueño americano- están articulados por la dependencia a este país). El agujero cultural e identitario se maneja de una forma ocurrente y certera cuando Silverio va a una sala de cine cubana a ver Que viva México, de la que espera que sea una película común y actual de su país, para encontrarse con la famosa obra de Sergei Eisestein (el título mismo del film de Curiel también podría guardar relación con El acorazado Potemkin, histórico film del mismo director). Esta noción, de un país sin timón y sin identidad propia se dispara en la ingeniosa escena final, que señala aún más este difuminado entre México y los Estados Unidos.

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