jueves, 4 de octubre de 2012

El mal del sueño (Ulrich Köhler, 2011)



La metamorfosis

Como si fuera uno de esas famosas crónicas de Ryszard Kapuściński -sólo que en un formato más silencioso y, aún más, metafísico- El mal del sueño (Ulrich Köhler, 2011) se adentra en las profundidades de Africa (específicamente, en un pueblo alejado de Camerún), en una obra que, en primera instancia, parece funcionar como una fuerte crítica al sistema de ayuda humanitaria, pero que en el fondo abarca muchos más temas.
El film, partido en dos, cuenta en primera instancia la historia de Ebbo y Vera, pareja de médicos alemanes que han vivido sus últimos dos años en Camerún, enmarcados en una investigación sobre posibles tratamientos de la tripanosomiasis humana africana, más conocida como “el mal del sueño” (donde los infectados, luego de ser invadido su sistema nervioso central, entran en un estado de somnoliencia que comúnmente termina con la muerte). Con ellos viene su hija, a la que internaron por dos años en un colegio pupilo y que, además de guardar cierto resentimiento por aquella decisión familiar, no parece estar demasiado contenta con su nuevo lugar de destino. Esta primera parte está enmarcada en la inminente decisión que atraviesa Ebbo, quien debe elegir entre su familia, pronta a retornar a Alemania, o quedarse en Africa, país que le ha inundado una profunda fascinación a lo largo de los años.

La segunda parte ocurre tres años después, centrándose en Alex, un joven médico nacido en Francia, pero de padres congoleños, a quien le es encomendado hacer un informe sobre las investigaciones de Ebbo, que ha pedido una refinanciación por las investigaciones que está realizando en la región. En este viraje, el film estará estructurado, tal como se ha señalado en varios medios, en una clave similar a El corazón de la tinieblas (o su versión libre cinematográfica, Apocalypse Now), donde Ebbo se erige como una referencia fantasmal similar al coronel Kurtz, nuevo amo del infierno en la tierra.

El film, sin embargo, está muy lejos de presentar la pirotecnia dramática de la novela de Conrad, más bien construyendo, ladrillo a ladrillo, un retrato decadente de una sociedad atravesada por la corrupción (en alta y baja escala) y un informalismo que difícilmente la haga acercarse en algún momento a los estándares europeos. En este punto, la película de Köhler es exitosa en un retrato del continente que en ningún momento llega a la denuncia explosiva y aterrorizada, ni tampoco al deslumbramiento romántico de su naturaleza (ambos criterios fuertemente atravesados por una mirada evidentemente eurocéntrica y paternalista). Completamente al contrario, la naturaleza retratada por Köhler no es majestuosa (en plan Africa mía –Sydney Pollack, 1985-, o cualquiera de esas películas de postal), o pornográfica, infecta (como podrían ser las nociones clásicas de lo selvático que mantiene Werner Herzog), sino una de otro tipo, una silenciosa, espesa, con algunas cuotas del onirismo de Apichatpong Weerasethakul.

Cualquier cosa que vemos no es en sí bella, ni tampoco terrible; es simplemente misteriosa, o más que misteriosa, muda. Los escenarios están crudamente recortados entre figura/fondo: de día, sobresaliendo de una cegadora luz; de noche, apenas emergiendo de lo más profundo de la oscuridad. En este estilo, podríamos pensar, más aún,  que la cámara filmara todo de una forma somnolienta, como si ella misma fuera la que estuviera infectada por el parásito del mal del sueño.

Esta forma de filmar también tiene su correlato en el peculiar estilo en que es narrada la historia. La película va dejando a su paso cabos sueltos, abre misterios y no los cierra, introduce personajes que no vuelven a aparecer, entra en pequeñas viñetas que nunca terminan de producir un desenlace específico. Esto podría ser criticable en un montón de películas, pero en El mal del sueño termina siendo un plus a esa atmósfera tan particular.

Otro nombre posible para El mal del sueño podría haber sido “La metamorfosis”. Este nombre no sólo hablaría de esa metamorfosis fallida al sistema europeo que compone Africa en su extensión (esto lo vemos particularmente acentuado en el discurso de un economista, que plantea que la ayuda paternalista y culposa de Europa al continente no es útil y que “sólo el mercado puede resolver los problemas de Africa” –argumento para el que no hay que ser un bolchevique para entender la profunda miopía y oportunismo que encierra), sino también la de Ebbo, la de todos los hombres que atraviesan la membrana de dicho territorio. Sacrificio y metamorfosis son las claves fundamentales del film, algo que también se veía en Apocalypse now, en cómo el acto sacrificial de búfalo se correspondía con el del coronel Kurtz, en el devenir hipopótamo de Ebbo, en esa noche que parece tragarse a las personas

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